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Listos para el Armagedón: Sobrevivir al hambre, al pánico y a la anarquía en un búnker

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¿Está usted preparado para el fin del mundo? Ellos sí. Hay gente en EE.UU. que ha preferido no esperar a que se declare una guerra u ocurra cualquier tipo de cataclismo natural y ha decidido vivir en viejos refugios antinucleares del Ejército o instalarse un refugio subterráneo bajo el jardín de su casa. Para algunos, se trata solo de chiflados fanáticos. Para otros, son gente precavida. En cualquier caso, ellos lo tienen claro: el apocalipsis no los va a pillar desprevenidos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el Ejército de EE.UU. construyó en distintos lugares del país numerosos búnkeres a prueba de explosiones y capaces de alojar cómodamente a entre 10 y 24 personas y suministro para un año.

Hoy, a más de 70 años de acabarse el conflicto bélico, esas estructuras han comenzado a encontrar nuevos dueños. Son ciudadanos estadounidenses que se mudan aquí en busca de un refugio, convencidos de que el día que ocurra una catástrofe apocalíptica —ya sea algún cataclismo natural o una guerra nuclear— no podrán fiarse de que su Gobierno cuide de ellos.

Uno de ellos es Milton Torres, quien confiesa: "Si sabes que el Gobierno no te va a proteger, que no te salvará si pasa algo malo, eso como que te cambia la mentalidad". Y continúa: "No creo que me protejan cuando llegue el momento. Así que la única manera de protegerte es hacerlo tú mismo".

Comunidad de superviviencia

El búnker que compró Torres para convertirlo en su casa tiene una superficie de 200 metros cuadrados y cuando está herméticamente cerrado, una enorme puerta de 1,2 por 2,4 metros hecha de cemento y acero evita que cualquier líquido o gas se introduzca en la estancia. A su alrededor se encuentran otras 575 estructuras similares esparcidas por varios kilómetros a la redonda.

"Ahora estamos convirtiendo [el terreno] en la mayor comunidad de supervivencia del mundo. Con tantos búnkeres, podríamos alojar aquí a entre 5.000 y 10.000 personas", cuenta Robert Vicino, vendedor de estos particulares inmuebles. "Ahora podemos vender un búnker por 35.000 dólares, y el precio seguirá subiendo a medida que vayan quedando menos. Todo el mundo ha oído hablar de la Guerra Fría. La Guerra Fría se acabó, pero la Guerra Santa, no", añade.

Pánico y anarquía

En opinión de Vicino, todos los gobiernos del planeta saben el momento exacto en que puede ocurrir una catástrofe pero no informan de ello a sus ciudadanos. "Si dijeran que tal día a tal hora se producirá una catástrofe, el mundo se detendría repentinamente. Cundiría el pánico, la sociedad se quebraría y nadie iría a trabajar, a nadie le importarían la ley ni las cárceles. Reinaría la anarquía y entre el momento del anuncio y la catástrofe la vida sería terrible", argumenta.

"Cuando empiece todo y se produzca el apagón, lo primero que harán será irrumpir en la tienda de televisores y llevárselo todo. Después de eso tendrán hambre, entonces irán al supermercado y vaciarán todas las estanterías. En 24 horas no quedará nada. Y luego, entre 3 y 7 días después, tendrán mucha hambre y tocarán a tu puerta preguntando: '¿Qué tienes? Tengas lo que tengas, lo queremos'. Y te lo quitarán", resume.

Matar o morir de hambre

"En EE.UU. tenemos un dicho: 'Estamos a sólo nueve comidas de la anarquía'. Lo que quiere decir es que si no le das de comer a un estadounidense durante tres días, te matará por comida", explica Rub Hubbard, el dueño de una fábrica que también adquirió su propio refugio.

"Siento que llevo toda la vida preparándome para esto. Así que aproveché la oportunidad y me mudé aquí. Si trabajas cada día en tu búnker, puedes vivir en él", concluye, a su vez, Torres.

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